Editado por Eduardo de Lácara
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..........................................Manuel Olmeda Carrasco ........................................




Fraude o infamia

La crisis generalizada que pena España tiene su entronque en factores dispares, tanto cronológicos cuanto humanos. Los primeros presentan una naturaleza azarosa e invariable, por tanto de imposible previsión o regule. Tiene ventaja sobre los desastres naturales en que aquellos, a veces, se muestran benignos. El hombre, al igual que los cataclismos, cuando actúa socialmente atrae el caos. Es un designio maldito difícil de conjugar, menos cerrando sentidos y emociones al esfuerzo común. Diluir ánimos, asimismo contraponer energías, permite a las sombras adueñarse del entorno, acarrear el infortunio.

Soy consciente de lo injusto que supondría condensar toda responsabilidad en un grupo o colectivo. El éxito, quizás la ruina, es tan complejo que exige la contribución de múltiples asientos. Parece absurdo, por tanto, vertebrar la crisis (ese déficit multifacético) en los políticos, financieros, sindicatos, medios, etc. Estos deben asumir un alto porcentaje de culpa porque en las democracias representativas, curioso eufemismo paradójico, las instituciones mencionadas ostentan un papel especial, alejado del que le permiten al pueblo llano. No por ello, sin embargo, a este se le exonera de culpa en mayor o menor grado, sobre todo por negligencia. Desdeñemos descargar culpas exclusivas a ningún combinado aunque se constate la torpeza, codicia o entrega que manifiestan algunos.

George Mason, en el siglo XVIII, planteó: “La libertad de prensa es uno de los grandes baluartes de la libertad y no puede ser restringida nada más que por gobiernos despóticos”. Al tiempo, Edmund Burke puso los cimientos al llamado cuarto poder referido a los medios de comunicación. El auxilio al triunfo del Nuevo Régimen resulta indiscutible por su papel fundamental a la hora de divulgar doctrinas capitales para el desarrollo de la Revolución Francesa. Con el tiempo, este poder equilibrador se ha ido consolidando en las democracias asentadas. EEUU es, sin duda, el paradigma del contrapeso que los medios ejercen en cualquier ámbito de la vida pública. Consiguen instituir o derribar gobiernos sin que nadie obstaculice su desempeño. Configura la prueba que certifica crédito y autoridad.

Aquí hay una clara diferencia entre la prensa de los años setenta -incluso ochenta- y el momento actual. Antaño, surgió un grupo de comunicadores íntegros, idealistas, incorruptibles, que caminaban en línea recta sin que permitieran la señalización del camino con migas de pan u objetos más atractivos. Hoy, salvando honrosas excepciones, han trocado ideales y laureles éticos por agasajos materiales, por ubicarse cercanos a la tarima que instala el poder al que sirven sumisos; a veces para recibir una palmada en la espalda.

Enterrado Montesquieu por obra y gracia de un “demócrata paradigmático”, sin que otros (con diferente estilo) habilitaran su retorno, a los españoles nos quedaba, como postrera alternativa, unos medios linderos a aquellos de la transición. Serían nuestra voz; más aún, nuestra conciencia. Exigirían al poder, a sus vertientes, limpieza, transparencia y ejemplo. Pusimos empeño en vez de fe, adivinando quizás, lo que se avecinaba. Resulta casi inhumano, a fuer de humano, comprobar la indigencia en que nos encontramos, a expensas de qué réditos ocultos y del juicio acrítico que domina la escena (confusa a su vez) por el nocivo efecto de quien reniega a cumplir lo ofrendado.
Vemos con qué desparpajo -no excluyo ideologías- se empecinan en la salvaguarda de sus ídolos contra toda lógica, justicia e interés común. No importa bordear sinrazones, falacias (incluso adentrarse en la calumnia si fuere necesario), para argüir argumentos impensables, de difícil digestión con otros aderezos. A resultas de tales martingalas el individuo está perdido, errante; confunde hasta su existencia.

Los demonios nacionales, la fatalidad de la crisis, forman una compleja mezcolanza. En ella, agazapados, desapercibidos, pululan inquietos comentaristas que recorren medios audiovisuales maleando la conciencia social a lomos del fraude o la infamia.


Peajes


Tras importuna apatía, retomo el sendero que me lleva a escudriñar la horripilante actualidad española. Desconozco si el fundamento se debe al rebelde proceder de los “estros”, abordando un mayo lluvioso, o al aluvión de comunicados y pormenores (a caballo entre lo apocalíptico y lo mordaz) que impiden focalizar la atención, asimismo el interés. Durante un tiempo (a semejanza de ese proverbio turco que afirma sin reparo “quien para ir a rezar duda entre dos mezquitas, termina por quedar sin rezar”) elegir título y materia anuló mi capacidad creativa llevándome a una suerte de aturdimiento paralizante.

Roto el hechizo maligno, he decidido hablar de los peajes (en su más amplia acepción) padecidos y de aquellos que penden amenazadores, cual espada de Damocles, a días o rachas. Sólo el acaso y la reserva permiten acertar cuál encandila al ciudadano; cuál protagoniza su afecto, quizás su desvelo. Creo firmemente que los costeados o aquellos que no se acompañan por un reintegro colectivo, parecen inocuos; al menos cuajan livianos. Salvo excepciones muy concretas, la gravedad suele calibrarse con unidades monetarias. Los valores morales cada vez revisten mejor la cicatería humana. Hoy pecamos con los frutos perversos del relativismo que no sustenta con rigor el árbol de la ciencia social.

Meditar a estas alturas sobre debilidades manifiestas de ejecutivos pretéritos, sobre los peajes que suponen las expropiaciones de REPSOL y REE por la señora Kirchner y Evo Morales, respectivamente, así como el “envite” de Serrat y Sabina, aporta a la gente parecido galardón al que percibiría un astronauta subido a una nave de cartón. Irrepeefes, copagos, ivas que se vislumbran cercanos y otros “atracos” especiales (alcohol y tabaco), los vamos digiriendo a dosis progresivas para minimizar los efectos y evitar así su letalidad. Paso de puntillas, a propósito, sobre las conversaciones con ETA, la Ley del Aborto y demás aspectos éticos, prometidos e incumplidos, para no hurgar en sentimientos y conciencias sobradamente contrariados.

Sí, este es el gobierno de “lo verás pero no lo catarás”; aquella monserga con que avasallábamos a nuestros feudos. Siempre, a mayor proximidad más saña. Concurría una constante digna de psiquiatra. ¿Preconizábamos usos políticos o seguíamos el dictado de nuestra propia crueldad? Llevo cuatro meses enfurecido. La única primicia firme (aparte promesas, previsiones y propagandas) se sintetiza en los esfuerzos por esquilmar el depauperado bolsillo de trabajadores y pensionistas sin que se note; con propuestas, desmentidos, medias verdades, al estilo de quienes cavaron esa fosa fatal de la desafección con herramientas capciosas y humillantes. Recomiendo a aquel que atesore un dedo de frente (aludo a políticos, claro) la sentencia de Panchatantra: “Quien dejando lo seguro se va en pos de lo dudoso, pierde lo seguro y no alcanza lo dudoso”.

Insisto, estoy harto y presiento no ser la única voz que clama en el desierto. Pero donde mi capacidad de aguante se quiebra sin duda, donde se dibuja el límite de cualquier paciencia (la mía por supuesto), lo encontramos en esa amenaza -desmentida y afirmada alternativamente- de cobrar peaje en la autovías con la extraña excepción a camiones. El PP (ventajoso alumno del PSOE en “enderezar” entuertos, supuestamente) comete en las evasivas -hechas a estajo- que justifican la onerosa medida una contradicción evidente. Aclara que lo recaudado servirá para mejorar el servicio y exime de ello a grandes vehículos, especiales potenciadores de su deterioro. ¿Se atreverán? No, si son inteligentes. Sin embargo, casi con total seguridad tendremos peaje y ellos se despedirán con una legislatura conflictiva. Una sola, eh.

En medio del desastre, una noticia vino a compensar este sentimiento trágico de la vida, como diría el clásico. Zapatero desdeñó al personal con el anuncio de sacar enseguida un libro sobre economía escrito por él mismo. Esto sí es una charlotada; un peaje burlón, aciago, esperpéntico. No es para tomarlo a broma. Después de hundir a España, merece un desprecio hilarante, una carcajada universal. Pobre… (añada, amable lector, el epíteto de su complacencia; será, sin duda, más tibio que el que yo aplicaría)

Para contraer la deuda no es preceptivo acrecentar impuestos, ni recurrir a peajes insólitos. Puede conseguirse también disminuyendo gastos improductivos a la sociedad, aunque aprovechen a próceres en particular.


No me gusta el Gobierno

Este epígrafe empuja, equivocadamente, a la sospecha de fascinación por el anterior. Nada más lejos de la realidad. Quien siga mis lucubraciones político-sociales, sabe qué concepto me merecía el anterior ejecutivo y, sobre todo, su presidente. Expuse sin ambages, sin paliativos, pero también sin acritud, una notoria incapacidad para tan altos designios (acreditada en mil ocasiones) así como el envoltorio artero con que disimulaba su talante fanático, amén de ambicioso y calculador. Calificar su presidencia, así como los diferentes gobiernos remodelados, de la peor a lo largo del último periodo democrático es quedarse muy corto. Siglos ha que no hubo un prócer tan siniestro para España.

Lo cortés no quita lo valiente, afirma un proverbio algo vago. Mi interpretación se aproxima al hecho de que la censura a alguien desautoriza esa traducción pueril de ensalzar al contrario. En este contexto no sirven las proposiciones “a contrario”; menos si el hipotético antagónico no pasa de vestir un vulgar, fraudulento, disfraz. Pareciera que, desde diciembre, estemos recorriendo vericuetos conocidos antes. El cuento se imponía a la reseña; los relatos mostraban una querencia al delirio y las entelequias tomaban cuerpo en el populacho. Ahora, con diferentes autores, con retóricas nuevas, volvemos a reencontrarnos donde habitan los fraudulentos, en el octavo círculo de Dante. Sí, inútil apetecer el epíteto “divina” pero esto es una comedia.

Aprensivo irredento, practico la abstención en defensa propia. Ni tan siquiera me motiva ir al colegio electoral porque (aun teniendo todo el tiempo del mundo, contra algunas tesis sobre deberes y gestos democráticos) rechazo -casi con repugnancia- rituales y discursos de ordenanza. Tales arranques, empero, permiten (pese a quien pese) adentrarme en genuinos espacios de diatriba cáustica, asimismo liberadora. Hay quienes utilizan el vocablo democracia (distinto a la actitud) como asidero o excusa para cometer excesos antisociales e incluso blandirlo, cual martillo de herejes, sobre ciudadanos que cometen el sacrilegio de refutar al ídolo o se evaden del proselitismo satélite. Son sectarios más allá de la perversión.

Me disgusta, digo, un gobierno hipócrita o, en su defecto, desinformado. Me desagrada un ejecutivo clónico, sosias, calcomanía, burlador. ¿Para qué precisaba mayoría absoluta si se oferta al nacionalismo (traba clave) a precio de saldo? Supongo que la situación económica es objeto inquietante, pero me perturban más los sujetos que la tratan. La gobernación es demasiado importante para dejarla en manos de políticos, reza una sentencia popular. Sin desmerecer título ni profesión, debería hacerse un paralelismo fértil entre crisis y economistas (tres de mis hijos lo son). Líderes del PP, profanos en demasiadas disputas, pronostican para fechas inminentes optimistas niveles financieros con una alegría que atemoriza. Deben esperar un milagro, pues ningún dato ni prospectiva mediata permiten alimentar tales comidillas.

No me gusta el gobierno porque, en síntesis, utiliza una estrategia maldita. Parafraseando la conocida regla del juego familiar, mata uno y cuenta veinte, anuncia haber hecho en tres meses tropecientas reformas, cuando ninguna ha superado el estadio de gusano en esa metamorfosis que dibujan espléndida para el dos mil veinte. Cuán largo lo fiais a pesar de la modestia con el cronos (la alianza de civilizaciones o el calentamiento global superaba, al menos, varias generaciones). Pasan sobre ascuas al tratar otras materias, antaño vertebrales Sistema educativo, justicia, ETA, organización del Estado, garantías constitucionales, moralidad pública, etc., quedan vinculadas a un falso orden de prioridades; centran sus esfuerzos en la crisis y el problema laboral, ambos de tardíos frutos. No hay argumento mejor para no hacer nada. Siembran, eso sí, frustración y desengaño. ¿Aguantarán una legislatura?

¿Y la oposición? Como dicen en mi pueblo: “aquí la romana entra por arrobas”. No conozco detalles ni referencias similares, por defecto, al cinismo y deslealtad que muestran estos insólitos ejemplares de un PSOE en el que (además de permanente conflicto cuando les alejan del poder) confunden el destinatario de los derechos que emergen en una democracia. Lo de estos señores no tiene parangón, habría que inventar un epíteto que reflejara su naturaleza y comportamiento. Atinar con los actuales supone un imposible metafísico. Los usos en la confrontación política tienen límites estéticos. Puede decirse que, estratégicamente, el PSOE acude a una legitimidad deplorable.

Debo terminar mencionando los medios de comunicación. Otro gremio que, aparte dignas excepciones, se está cubriendo de gloria. Cuando más necesita el pueblo contar con la integridad del mensaje, se atrincheran pertinaces en púlpitos baratos para conformar autos de fe llenos de fariseísmo y patraña; carecen de agarre, no resisten el menor examen deontológico.

Quizás hubiera sido lógico titular estos párrafos de manera diferente. Lo hice tal cual porque a quien ostenta un poder con mayoría absoluta, debe exigírsele responsabilidad total.


De García Lorca a León y Quiroga

No se vea en el epígrafe un intento torpe pero deseable de abandonar por algún tiempo (la apetencia aconsejaría perpetuo) ese quehacer, casi adictivo, que me impulsa a examinar la política contemporánea, cotidiana. Tampoco un desgaste moral que pudiera traducirse en hastío o frustración; impulsos ambos capaces de alterar compromisos personales. Es cierto que, inmersos en una masa acrítica, el futuro se conjetura arduo, con tintes poco tranquilizadores, amargo. Soy consciente del sinuoso camino que nos aguarda, asimismo a nuestros descendientes, para llegar a un sistema compensado, justo. Hasta es probable que no lo saboreemos jamás. La Historia, en este sentido, se muestra remisa, casi inmóvil. Esto, no obstante, me anima a pregonar la plaga de políticos, parásitos voraces, que nos sojuzga y despoja. Debemos despertar, a la contra, el respeto como ciudadanos.

A finales del siglo XIX, perdidas Cuba y Filipinas (restos del glorioso imperio español), el caos generado por tan infaustos sucesos -causa, a la vez, de abatimiento colectivo, destemplanza aviesa, recesión y desgobierno-  hizo que la intelectualidad se apiñara en torno a Baroja, Azorín y Maeztu para auspiciar la censura contra el canovismo malévolo y exigir un regeneracionismo quizás ilusorio. Se les denominó Generación del 98. Pusieron al descubierto la diferencia entre la España real, miserable, y la España oficial, enmascarada. Cien años más tarde, ayunos de posesiones y con grave mengua de cohesión nacional, percibimos similar tesitura salvo el hecho ominoso de un vacío intelectual y de una divergencia suicida.

Tras el 20N, con la mayoría absoluta que le fue otorgada al PP, España recuperó por un momento la esperanza de escapar a la catalepsia que le había llevado Zapatero en su segunda legislatura. La sociedad se encontraba mustia, pusilánime, sin salida. Los nuevos aires, aquellas renovadas promesas hechas meses atrás, acabaron por remozar anhelos vitales, devolvieron afanes e ilusiones Protagonizamos, aun los escépticos o prevenidos, una suerte de  metamorfosis colectiva, un júbilo instigador, una templanza virtuosa al olvidar hambres ancestrales. Era el último refugio. A poco abriese paso una entelequia vejatoria. Al romanticismo quejumbroso del ocaso imperial, le sustituye ahora esa quietud arrebatada, pródiga, casi eremítica, de quien se abandona a la suerte del fatalismo inevitable. Nos cubre un sudario común a base de ignominia e insensatez. Deberíamos buscar la identidad del hombre, del ciudadano y en ella de lo español; de aquella rebeldía privativa que generó héroes singulares.

El gobierno, desde el primer instante, se mostró reacio a interpretar su mayoría absoluta. Abrasivo en la oposición, deja al descubierto debilidades o desganas. Seguir un camino marchito les lleva a confundirse con el paisaje; un marco que ya ocasionó hastío y vergüenza ajena. En conjunto, parece ofrecer mayor consistencia que cualquier antecesor. Sin embargo, las apariencias empiezan a engañar; vamos descubriendo, día a día, que el hábito definitivamente no hace al monje. Algún miembro, y su femenino a lo Bibiana (concepción de alta cocina gramatical), exhibe más contras que pros al finalizar el periodo de gracia; factible de confundir con un escaparate de vanidades.

Aparte ese jurar y perjurar que, al menos, no subirían los impuestos (junto a la pobre excusa de su incumplimiento) y otras veleidades, Gallardón anunció modificar el Código Penal y recoger en él la cadena perpetua revisable, para (a renglón seguido) desdecirse bajo el tinte de que afectará sólo a los delitos de terrorismo. El señor Fernández Díaz afirma tajante que ETA tendrá que disolverse “por las buenas o por las malas”. Nadie aportó mejor testimonio de negociación con la banda. El “copago” en medicinas lleva meses deshojando el sí y el no para llegar a donde sabemos. Al presente, la indecisión blande impuestos indirectos y copago sanitario. Temamos lo peor. Me desconcierta tanta elasticidad cuando ayer se jactaban de rotunda firmeza.

Ahorrar diez mil millones de euros adicionales (a tres días de presentar los presupuestos generales) en Sanidad y Educación pone el broche de oro al capítulo de improvisaciones. Si bien constatamos el acierto y justicia que impregnan algunas medidas aprobadas, no puede decirse lo mismo de las declaraciones, sin tajar exclusión o morralla, efectuadas por Cospedal relativas a la necesidad perentoria de tales disposiciones para asegurar el Estado de Bienestar. ¿Acaso si se disminuye el derroche y la reserva costeara estas urgencias, no se conseguiría lo mismo? ¿Cuántas fábulas nos quedan por oír?

Este ir, venir y volver, me recuerda la Tarara, aquella canción infantil del inmortal granadino. En mis años mozos, las evocaciones resuenan a  copla, en particular a la Parrala de celebérrimos autores. Así, ellos y nosotros (al compás, en periplo pendular) vamos de García Lorca a León y Quiroga.


Mentiras gordas o el muro de las lamentaciones


Le sugiero no establezca, amable lector, relación alguna entre el primer fragmento de la cabecera y esa película cuya trama fue creada por Ángeles González-Sinde, objetada ministra del gobierno Zapatero. Pudieran avenirse (a lo sumo) en el trasfondo vicioso común al filme y al afán fulero de nuestros políticos, cotejado largamente. Tampoco quiera apreciarse en su segunda mitad un relato histórico-profeso que justifique cualquier reseña lesiva o victimista del pueblo judío; antes bien, debiera interpretarse como un símbolo del lamento general a que nos reduce esta situación institucional y financiera.

Los últimos tiempos vienen pletóricos, fecundos, de testimonios que se reparten equitativamente entre el estupor y la irritabilidad. El ciudadano, por desgracia (o suerte), ha elevado hasta extremos inverosímiles su umbral perceptivo. Ya no le asombra el cinismo ni la impostura; se muestra inmune a sus alcances y aguanta impávido toda licencia. Lo que, desde un punto de vista social, se glosa como malévolo, resulta indulgente para una casta política opulenta y elitista. Su carácter artero y endogámico obstaculiza influencias ajenas a ella; disuadiendo, al tiempo, cualquier intromisión u ofensiva al statu quo.

Si dejamos aparte la falacia inmanente del gobierno anterior (el peor valorado de los contiguos y aun alejados), los responsables de la trasferencia gubernamental, allá por diciembre, abrieron la colección de burdas invenciones al ponderarla de “ejemplar”. A renglón seguido, próceres del PP anunciaban una desviación en el déficit de, al menos, dos puntos. Esta circunstancia “motivaba” aquel severo, rectificado y urgente aumento del IRPF. La diferencia de veinticinco mil millones de euros, entre el debe presentado y el real, ofrece balance indiscutible de la “virtuosa pulcritud” pregonada. ¿Escarnio o error? Impugno, asimismo, el aire de asombro perpetrado por un PP histriónico, cuando gobernaba alguna de las autonomías deficitarias por excelencia y desde el verano casi todas. ¿A qué viene tanto pretexto?

El gobierno enhebra reformas por doquier. Sin embargo, sólo contiene sustancia una especie de híbrido, entre Decreto y Proyecto, cuya conformación concluyente ha de esperar. Me refiero a la Reforma Laboral, de incierto tratamiento legislativo. Los Presupuestos Generales y el Informe Económico Financiero se encuentran en fase informativa. Hasta aquí. El presidente (ufano, empero) viene anunciando que él, en tres meses, ha hecho más reformas que los socialistas en siete años. Demasiado genial para sus costumbres. Mariano Rajoy arrastra una política continuista como lo avalan cuatrocientos mil andaluces que el 15 M se abstuvieron. Luis de Guindos ha difundido que las próximas reformas se harán en Sanidad y Educación. Se percibe mucho anuncio y poca presteza. Es verdad que las prisas no son buenas compañeras, pero tampoco las pausas resultan paradigmáticas; al menos en aquellas materias sin obstáculos financieros.

Los socialistas, adalides del camelo, tiemplan gaitas como si llevaran dos legislaturas en la oposición. Se llaman a andana con su jeta habitual y característica. Vean si no unas cuantas declaraciones. “Tras mes y medio, la Reforma Laboral bate un nuevo récord de paro por ineficaz”. Identificar paro y Reforma, en tan breve espacio de tiempo y dicho por ellos, no puede considerarse únicamente arriesgado; es provocativo. Otra perla, ahora de Elena Valenciano: “Las movilizaciones en la calle no ayudan a generar un clima de confianza; tampoco se puede utilizar la crisis como coartada y la mayoría como un cheque en blanco”. A esta señora se le olvidan un par de cuestiones capitales. Quién maneja mi barca, título de aquella canción eurovisiva, y el Pacto del Tinell. Podríamos continuar con sindicalistas, cómicos, comunicadores y una extensa pléyade de fauna silvestre o asilvestrada (nacionalista o no).

Entre tanto, el Ibex da pena, la prima de riesgo pavor y algunos bancos internacionales echan cuentas ya, sin tapujos, del rescate a España. Bruselas corrobora que contener el gasto autonómico es clave y los ciudadanos (en las mismas, a gritos) manifiestan la inviabilidad del Estado Autonómico. Todos parecen estar al cabo de la calle, menos los políticos. Disminuir el Estado, en absoluto; atajar el gasto estéril, ni hablar. Gobiernan ellos y el pueblo, además de ignorante, carece de preparación. Debe asumir, en exclusiva, el costo de sus desvelos, de su sacrificio.

Las alternativas a tanta necedad, capricho o golfería, pasan por pedir dinero (si nos lo dieran) y endeudarnos hasta la extenuación o recortar gasto público y quedarnos esqueléticos. Ambos escenarios tienen un epílogo común: el hundimiento económico y la indigencia social. Estamos en ello por irresponsabilidad, desvergüenza y cobardía.

Queda, al margen, ese muro de las lamentaciones donde algunos millones de compatriotas están ubicados desde hace tiempo y que, a poco, se irá llenando de una gigantesca masa informe, desvertebrada, impotente, acérrima. En las afueras, lejos, se encontrarán (cómodos) financieros y políticos incapaces de entonar el mea culpa penitencial.



Hacer un pan como unas tortas


Mis paisanos de la Manchuela conquense, poco dados a escrúpulos de monja, hubiesen utilizado otro término para cerrar la comparación. Parece, no obstante, que ambos incorporan un significado semejante. El epígrafe que abre estos renglones suele emplearse siempre que los resultados previstos, en un proyecto u operación, divergen con exceso de lo concebido. “Llevarse un chasco”, dibujaría el mismo escenario de forma más sintética pero escasamente castiza.

Dos son los episodios (próximos, adyacentes) que han turbado la quietud casi exánime con que nos enfrentamos a esta crisis horrible: las elecciones en Andalucía y Asturias y la Huelga General. Uno y otro pusieron de relieve la falta de sintonía entre las mentes, afectas a prebostes políticos y sindicales, que pretenden encauzar una determinada iniciativa y la voluntad caótica de los ciudadanos libres del repugnante lastre impuesto por el dogmatismo acrítico.

El veinticinco de marzo, cerrados los colegios electorales y a pie de urna, hasta las encuestas adversas daban, en Andalucía, ganador al PP con mayoría absoluta. Después, al correr del escrutinio, se imponía una realidad muy diferente. El PP lograba una victoria pírrica, derrota sin paliativos en el trasfondo. La cuarta de un Arenas cuyo rostro dejaba traslucir cierto asomo de estupor e incredulidad. ¿Merecía él tanta reticencia en consumar la codiciada (quizás dispuesta) celebración? Asturias, dando ganador al PSOE, ofrecía un laberinto confuso y complejo; tanto que las últimas noticias vaticinan una probable nueva convocatoria electoral si UPyD se abstuviera de apoyar a bloque alguno. Salvo un gobierno de concentración, punto casi imposible, podrá gestarse uno aquejado de congénito equilibrio inestable.

La Huelga General del veintinueve, junto al fracaso mitigado por los piquetes informativos (paradigma definitivo de eufemismo),  constituyó el exabrupto político de unos sindicatos extemporáneos, indigentes y garantes acaso de su propia lozanía; objetivo único cuya consecución  acaba  dificultada, día a día, por la inercia perniciosa de morder la mano derecha que también le procura alimento vital. Persiguen una estrategia errónea cuando gran parte de la ciudadanía reclama que se acabe con las subvenciones a patronal y sindicatos. Les salva el hecho medular de que esa demanda venga acompañada al tiempo (cual condición sine qua non, con forzosa imbricación) por eliminar asimismo la que afecta a partidos políticos; verdadero brindis al sol.

Los resultados electorales en Andalucía muestran dos evidencias. Por un lado, la izquierda sociológica digiere dogmas y demagogias sin límite. Rechaza, repudia, aquel escenario que ponga en juego su hacienda. Al PSOE andaluz le llevó a perder ochocientos mil votos un treinta por ciento de paro y el presunto saqueo, a pesar del PER; esa tela de araña en cuyas redes se encuentra cautiva la democracia. Sin embargo, la derecha se mueve por principios y coherencia; no transige, en general, frivolidades ni argucias. Tampoco suscribe hipotecas. El incumplimiento hipotético e inmediato de Rajoy respecto a compromisos fiscales, morales e institucionales, alimentaron una abstención que privó al partido de la mayoría absoluta.

En Asturias, el electorado castigó a Álvarez Cascos por prepotente, o poco pedagogo, y al PP por retorcido. Conjeturo un gobierno tripartito con estos dos “clarividentes” y el diputado de UPyD que, a la sazón, debería convertirse en presidente del Principado por ética política. Un error podría pasarle a Rosa Díez una factura demasiado cara en próximas confrontaciones. Le interesa huir del PSOE para recoger sus frutos cuando este se pudra, pronto antes que tarde, en Andalucía; ralentizando su estertor con la agonizante compañía de IU, ambos económicamente anoréxicos a falta de más “deudas históricas”,  bocado recurrente en pasadas épocas de esplendor y gobiernos nacionales socialistas.

De los sindicatos, con poco está dicho todo. La huelga general, aparte una legitimidad en cuarentena, fue una acción preventiva (puesto que no hay aprobada ninguna reforma laboral), política, excesiva, que terminó en Barcelona de manera inicua. Aquí sí que se “hizo un pan como unas hostias”, con perdón.



Increíble

Que los políticos (sin excepción) nos tomen por cretinos, ha pasado de ser tímido alarde, incluso abuso grosero, a fervor inmoderado y vejatorio. Cambian, prepotentes, a nutrimento democrático lo que debiera tasarse vulgar licencia. Lo peor no es su instinto sino nuestra permisividad; ese zamparse sapos y culebras bajo los efectos digestivos del dogmatismo, un álcali que evita ardores y otros trastornos de carácter ácido.

Después (a toro pasado, casi sin rescoldo en el recuerdo), coléricos de impotencia, un torrente de ultrajes dialécticos y malevolencias justicieras electrizan sentimientos heridos. Constituye la respuesta airada que el temor, quizás la indolencia (o viceversa), ahoga e impide traspasar los límites de una intimidad ahormada por siglos de vasallaje, asimismo de mística auto represión. Sin embargo, ya hace tiempo deberíamos habernos sacudido el yugo para abrazar el estadio de ciudadanos y actuar como tales, con todas las consecuencias.

Aseguro (y los acontecimientos así lo corroboran) que el poder, en sus diferentes manifestaciones, tiende al enroque; a atrincherarse tras un bastión legal abarrotado de privilegios y regalías autoconcedidos, interactivos, para defender su opulencia elitista e inaccesible. ¿Qué hacer ante el bunker que se adivina inexpugnable? La réplica, si bien fácil, se antoja compleja e inviable por mor a esa dispersión que toda masa amorfa exhibe en su seno. Tácticamente, una sociedad lógica huiría de exhortaciones cuyo rumbo y propósitos terminara consolidando el status que les favorece y al que sacrifican sus mayores energías.

Personalmente, apuesto por la abstención e incluso (a título de tanteo) favorecer el ascenso de aquellas minorías que se nos aparezcan más éticas o propugnen principios próximos a nuestro ideario. Reconozco la dificultad que entraña desintoxicar mentes cegadas por impulsos que los eclécticos jamás entenderemos, tanto en su atributo cuanto en sus torpes secuelas. Espero sin demasiada confianza que la muchedumbre despierte cuando, al mezclar empeño y disposición, sepa sacudirse el efecto hipnótico, opiáceo, de retóricas seductoras pero falsas y carentes de sustancia.

Querer es poder, recomienda una sentencia con relevante carga didáctica. Por esto, cualquier ciudadano -usted amable lector-, alcanza a señalar múltiples expresiones dichas (en realidad, para ser exactos, paridas, vomitadas o escupidas) por prebostes de todo pelaje. Podemos adivinar en ellas un extraordinario afán de batir “récords” relativos a su extravagancia. Se observa una competencia atroz por conseguir la majadería más pegadiza, penetrante, que acompaña, bajo el recóndito prurito de atesorar una singularidad imposible (debido al elevado nivel), la aspiración máxima de asentar magistral cátedra al dirigirse a un auditorio cuajado de idiotas. O es así o la idiocia se ubica en su campo. Niego otra alternativa.

Presentemos, a modo de arquetipo, las siguientes genialidades. Rubalcaba, uno de los más insignes, mitineando por Asturias: “Con austeridad y ahorro también se puede gobernar”. Tras ocho años de patrono en un gobierno que ha dejado a España sin aliento, aparte los epítetos que atrae tal bufonada (por utilizar algo fino), la frase conforma un estoconazo a la inteligencia colectiva, junto al cinismo e indignidad que aporta el mensaje. “Las mujeres van a sufrir en España y Andalucía si gana el PP” es la contribución docta de Elena Valenciano. Termino, como no, con el futuro profesor Chaves: “La democracia perderá calidad si gana el PP”. ¡Ah!, ¿pero aún le queda algo que perder a la pobrecilla? Tocayo, ¿perder o… “descuidar”?

En todos los sitios cuecen habas, abre un adagio popular. No debemos olvidar, pues, las perlas del PP. Ayer, precisamente, aprobó el gobierno el anteproyecto de una cacareada Ley de Transparencia. Pretende modificar el Código Penal para que los casos graves de “desidia” gubernativa conlleven penas de inhabilitación, sin anunciar reintegro alguno. ¿Puede creerse la intención de moralizar la gestión administrativa cuando hace unos días el gobierno indultó a dos condenados por malversación de caudales públicos? ¿Realidad o cachondeo?

Increíble; sí, me parece increíble que, encima, santones de la comunicación aireen, sin hacer salvedades, la concepción de que partidos y sindicatos son instituciones fundamentales en una democracia. Al tiempo, tácitamente, cuelgan etiqueta de facha, fascista, etc. a quien muestre reticencias a tal verdad revelada. Yo digo que estos partidos herméticos y estos sindicatos burocratizados (sujetos ambos a los presupuestos generales), atentan contra la verdadera democracia. Sin embargo, me preocupa (porque juzgo más increíble) que la ciudadanía no mande a unos, otros y los demás (y que tan encendido clamaba Fernán Gómez) donde los límites escatológicos me impiden precisar.


Manuel Olmeda Carrasco
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