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Lo cortés no quita lo valiente, afirma un proverbio algo vago. Mi interpretación se aproxima al hecho de que la censura a alguien desautoriza esa traducción pueril de ensalzar al contrario. En este contexto no sirven las proposiciones “a contrario”; menos si el hipotético antagónico no pasa de vestir un vulgar, fraudulento, disfraz. Pareciera que, desde diciembre, estemos recorriendo vericuetos conocidos antes. El cuento se imponía a la reseña; los relatos mostraban una querencia al delirio y las entelequias tomaban cuerpo en el populacho. Ahora, con diferentes autores, con retóricas nuevas, volvemos a reencontrarnos donde habitan los fraudulentos, en el octavo círculo de Dante. Sí, inútil apetecer el epíteto “divina” pero esto es una comedia. Aprensivo irredento, practico la abstención en defensa propia. Ni tan siquiera me motiva ir al colegio electoral porque (aun teniendo todo el tiempo del mundo, contra algunas tesis sobre deberes y gestos democráticos) rechazo -casi con repugnancia- rituales y discursos de ordenanza. Tales arranques, empero, permiten (pese a quien pese) adentrarme en genuinos espacios de diatriba cáustica, asimismo liberadora. Hay quienes utilizan el vocablo democracia (distinto a la actitud) como asidero o excusa para cometer excesos antisociales e incluso blandirlo, cual martillo de herejes, sobre ciudadanos que cometen el sacrilegio de refutar al ídolo o se evaden del proselitismo satélite. Son sectarios más allá de la perversión. Me disgusta, digo, un gobierno hipócrita o, en su defecto, desinformado. Me desagrada un ejecutivo clónico, sosias, calcomanía, burlador. ¿Para qué precisaba mayoría absoluta si se oferta al nacionalismo (traba clave) a precio de saldo? Supongo que la situación económica es objeto inquietante, pero me perturban más los sujetos que la tratan. La gobernación es demasiado importante para dejarla en manos de políticos, reza una sentencia popular. Sin desmerecer título ni profesión, debería hacerse un paralelismo fértil entre crisis y economistas (tres de mis hijos lo son). Líderes del PP, profanos en demasiadas disputas, pronostican para fechas inminentes optimistas niveles financieros con una alegría que atemoriza. Deben esperar un milagro, pues ningún dato ni prospectiva mediata permiten alimentar tales comidillas. No me gusta el gobierno porque, en síntesis, utiliza una estrategia maldita. Parafraseando la conocida regla del juego familiar, mata uno y cuenta veinte, anuncia haber hecho en tres meses tropecientas reformas, cuando ninguna ha superado el estadio de gusano en esa metamorfosis que dibujan espléndida para el dos mil veinte. Cuán largo lo fiais a pesar de la modestia con el cronos (la alianza de civilizaciones o el calentamiento global superaba, al menos, varias generaciones). Pasan sobre ascuas al tratar otras materias, antaño vertebrales Sistema educativo, justicia, ETA, organización del Estado, garantías constitucionales, moralidad pública, etc., quedan vinculadas a un falso orden de prioridades; centran sus esfuerzos en la crisis y el problema laboral, ambos de tardíos frutos. No hay argumento mejor para no hacer nada. Siembran, eso sí, frustración y desengaño. ¿Aguantarán una legislatura? ¿Y la oposición? Como dicen en mi pueblo: “aquí la romana entra por arrobas”. No conozco detalles ni referencias similares, por defecto, al cinismo y deslealtad que muestran estos insólitos ejemplares de un PSOE en el que (además de permanente conflicto cuando les alejan del poder) confunden el destinatario de los derechos que emergen en una democracia. Lo de estos señores no tiene parangón, habría que inventar un epíteto que reflejara su naturaleza y comportamiento. Atinar con los actuales supone un imposible metafísico. Los usos en la confrontación política tienen límites estéticos. Puede decirse que, estratégicamente, el PSOE acude a una legitimidad deplorable. Debo terminar mencionando los medios de comunicación. Otro gremio que, aparte dignas excepciones, se está cubriendo de gloria. Cuando más necesita el pueblo contar con la integridad del mensaje, se atrincheran pertinaces en púlpitos baratos para conformar autos de fe llenos de fariseísmo y patraña; carecen de agarre, no resisten el menor examen deontológico. Quizás hubiera sido lógico titular estos párrafos de manera diferente. Lo hice tal cual porque a quien ostenta un poder con mayoría absoluta, debe exigírsele responsabilidad total.
A finales del siglo XIX, perdidas Cuba y Filipinas (restos del glorioso imperio español), el caos generado por tan infaustos sucesos -causa, a la vez, de abatimiento colectivo, destemplanza aviesa, recesión y desgobierno- hizo que la intelectualidad se apiñara en torno a Baroja, Azorín y Maeztu para auspiciar la censura contra el canovismo malévolo y exigir un regeneracionismo quizás ilusorio. Se les denominó Generación del 98. Pusieron al descubierto la diferencia entre la España real, miserable, y la España oficial, enmascarada. Cien años más tarde, ayunos de posesiones y con grave mengua de cohesión nacional, percibimos similar tesitura salvo el hecho ominoso de un vacío intelectual y de una divergencia suicida. Tras el 20N, con la mayoría absoluta que le fue otorgada al PP, España recuperó por un momento la esperanza de escapar a la catalepsia que le había llevado Zapatero en su segunda legislatura. La sociedad se encontraba mustia, pusilánime, sin salida. Los nuevos aires, aquellas renovadas promesas hechas meses atrás, acabaron por remozar anhelos vitales, devolvieron afanes e ilusiones Protagonizamos, aun los escépticos o prevenidos, una suerte de metamorfosis colectiva, un júbilo instigador, una templanza virtuosa al olvidar hambres ancestrales. Era el último refugio. A poco abriese paso una entelequia vejatoria. Al romanticismo quejumbroso del ocaso imperial, le sustituye ahora esa quietud arrebatada, pródiga, casi eremítica, de quien se abandona a la suerte del fatalismo inevitable. Nos cubre un sudario común a base de ignominia e insensatez. Deberíamos buscar la identidad del hombre, del ciudadano y en ella de lo español; de aquella rebeldía privativa que generó héroes singulares. El gobierno, desde el primer instante, se mostró reacio a interpretar su mayoría absoluta. Abrasivo en la oposición, deja al descubierto debilidades o desganas. Seguir un camino marchito les lleva a confundirse con el paisaje; un marco que ya ocasionó hastío y vergüenza ajena. En conjunto, parece ofrecer mayor consistencia que cualquier antecesor. Sin embargo, las apariencias empiezan a engañar; vamos descubriendo, día a día, que el hábito definitivamente no hace al monje. Algún miembro, y su femenino a lo Bibiana (concepción de alta cocina gramatical), exhibe más contras que pros al finalizar el periodo de gracia; factible de confundir con un escaparate de vanidades. Aparte ese jurar y perjurar que, al menos, no subirían los impuestos (junto a la pobre excusa de su incumplimiento) y otras veleidades, Gallardón anunció modificar el Código Penal y recoger en él la cadena perpetua revisable, para (a renglón seguido) desdecirse bajo el tinte de que afectará sólo a los delitos de terrorismo. El señor Fernández Díaz afirma tajante que ETA tendrá que disolverse “por las buenas o por las malas”. Nadie aportó mejor testimonio de negociación con la banda. El “copago” en medicinas lleva meses deshojando el sí y el no para llegar a donde sabemos. Al presente, la indecisión blande impuestos indirectos y copago sanitario. Temamos lo peor. Me desconcierta tanta elasticidad cuando ayer se jactaban de rotunda firmeza. Ahorrar diez mil millones de euros adicionales (a tres días de presentar los presupuestos generales) en Sanidad y Educación pone el broche de oro al capítulo de improvisaciones. Si bien constatamos el acierto y justicia que impregnan algunas medidas aprobadas, no puede decirse lo mismo de las declaraciones, sin tajar exclusión o morralla, efectuadas por Cospedal relativas a la necesidad perentoria de tales disposiciones para asegurar el Estado de Bienestar. ¿Acaso si se disminuye el derroche y la reserva costeara estas urgencias, no se conseguiría lo mismo? ¿Cuántas fábulas nos quedan por oír? Este ir, venir y volver, me recuerda la Tarara, aquella canción infantil del inmortal granadino. En mis años mozos, las evocaciones resuenan a copla, en particular a la Parrala de celebérrimos autores. Así, ellos y nosotros (al compás, en periplo pendular) vamos de García Lorca a León y Quiroga.
Los últimos tiempos vienen pletóricos, fecundos, de testimonios que se reparten equitativamente entre el estupor y la irritabilidad. El ciudadano, por desgracia (o suerte), ha elevado hasta extremos inverosímiles su umbral perceptivo. Ya no le asombra el cinismo ni la impostura; se muestra inmune a sus alcances y aguanta impávido toda licencia. Lo que, desde un punto de vista social, se glosa como malévolo, resulta indulgente para una casta política opulenta y elitista. Su carácter artero y endogámico obstaculiza influencias ajenas a ella; disuadiendo, al tiempo, cualquier intromisión u ofensiva al statu quo. Si dejamos aparte la falacia inmanente del gobierno anterior (el peor valorado de los contiguos y aun alejados), los responsables de la trasferencia gubernamental, allá por diciembre, abrieron la colección de burdas invenciones al ponderarla de “ejemplar”. A renglón seguido, próceres del PP anunciaban una desviación en el déficit de, al menos, dos puntos. Esta circunstancia “motivaba” aquel severo, rectificado y urgente aumento del IRPF. La diferencia de veinticinco mil millones de euros, entre el debe presentado y el real, ofrece balance indiscutible de la “virtuosa pulcritud” pregonada. ¿Escarnio o error? Impugno, asimismo, el aire de asombro perpetrado por un PP histriónico, cuando gobernaba alguna de las autonomías deficitarias por excelencia y desde el verano casi todas. ¿A qué viene tanto pretexto? El gobierno enhebra reformas por doquier. Sin embargo, sólo contiene sustancia una especie de híbrido, entre Decreto y Proyecto, cuya conformación concluyente ha de esperar. Me refiero a la Reforma Laboral, de incierto tratamiento legislativo. Los Presupuestos Generales y el Informe Económico Financiero se encuentran en fase informativa. Hasta aquí. El presidente (ufano, empero) viene anunciando que él, en tres meses, ha hecho más reformas que los socialistas en siete años. Demasiado genial para sus costumbres. Mariano Rajoy arrastra una política continuista como lo avalan cuatrocientos mil andaluces que el 15 M se abstuvieron. Luis de Guindos ha difundido que las próximas reformas se harán en Sanidad y Educación. Se percibe mucho anuncio y poca presteza. Es verdad que las prisas no son buenas compañeras, pero tampoco las pausas resultan paradigmáticas; al menos en aquellas materias sin obstáculos financieros. Los socialistas, adalides del camelo, tiemplan gaitas como si llevaran dos legislaturas en la oposición. Se llaman a andana con su jeta habitual y característica. Vean si no unas cuantas declaraciones. “Tras mes y medio, la Reforma Laboral bate un nuevo récord de paro por ineficaz”. Identificar paro y Reforma, en tan breve espacio de tiempo y dicho por ellos, no puede considerarse únicamente arriesgado; es provocativo. Otra perla, ahora de Elena Valenciano: “Las movilizaciones en la calle no ayudan a generar un clima de confianza; tampoco se puede utilizar la crisis como coartada y la mayoría como un cheque en blanco”. A esta señora se le olvidan un par de cuestiones capitales. Quién maneja mi barca, título de aquella canción eurovisiva, y el Pacto del Tinell. Podríamos continuar con sindicalistas, cómicos, comunicadores y una extensa pléyade de fauna silvestre o asilvestrada (nacionalista o no). Entre tanto, el Ibex da pena, la prima de riesgo pavor y algunos bancos internacionales echan cuentas ya, sin tapujos, del rescate a España. Bruselas corrobora que contener el gasto autonómico es clave y los ciudadanos (en las mismas, a gritos) manifiestan la inviabilidad del Estado Autonómico. Todos parecen estar al cabo de la calle, menos los políticos. Disminuir el Estado, en absoluto; atajar el gasto estéril, ni hablar. Gobiernan ellos y el pueblo, además de ignorante, carece de preparación. Debe asumir, en exclusiva, el costo de sus desvelos, de su sacrificio. Las alternativas a tanta necedad, capricho o golfería, pasan por pedir dinero (si nos lo dieran) y endeudarnos hasta la extenuación o recortar gasto público y quedarnos esqueléticos. Ambos escenarios tienen un epílogo común: el hundimiento económico y la indigencia social. Estamos en ello por irresponsabilidad, desvergüenza y cobardía. Queda, al margen, ese muro de las lamentaciones donde algunos millones de compatriotas están ubicados desde hace tiempo y que, a poco, se irá llenando de una gigantesca masa informe, desvertebrada, impotente, acérrima. En las afueras, lejos, se encontrarán (cómodos) financieros y políticos incapaces de entonar el mea culpa penitencial.
Dos son los episodios (próximos, adyacentes) que han turbado la quietud casi exánime con que nos enfrentamos a esta crisis horrible: las elecciones en Andalucía y Asturias y la Huelga General. Uno y otro pusieron de relieve la falta de sintonía entre las mentes, afectas a prebostes políticos y sindicales, que pretenden encauzar una determinada iniciativa y la voluntad caótica de los ciudadanos libres del repugnante lastre impuesto por el dogmatismo acrítico. El veinticinco de marzo, cerrados los colegios electorales y a pie de urna, hasta las encuestas adversas daban, en Andalucía, ganador al PP con mayoría absoluta. Después, al correr del escrutinio, se imponía una realidad muy diferente. El PP lograba una victoria pírrica, derrota sin paliativos en el trasfondo. La cuarta de un Arenas cuyo rostro dejaba traslucir cierto asomo de estupor e incredulidad. ¿Merecía él tanta reticencia en consumar la codiciada (quizás dispuesta) celebración? Asturias, dando ganador al PSOE, ofrecía un laberinto confuso y complejo; tanto que las últimas noticias vaticinan una probable nueva convocatoria electoral si UPyD se abstuviera de apoyar a bloque alguno. Salvo un gobierno de concentración, punto casi imposible, podrá gestarse uno aquejado de congénito equilibrio inestable. La Huelga General del veintinueve, junto al fracaso mitigado por los piquetes informativos (paradigma definitivo de eufemismo), constituyó el exabrupto político de unos sindicatos extemporáneos, indigentes y garantes acaso de su propia lozanía; objetivo único cuya consecución acaba dificultada, día a día, por la inercia perniciosa de morder la mano derecha que también le procura alimento vital. Persiguen una estrategia errónea cuando gran parte de la ciudadanía reclama que se acabe con las subvenciones a patronal y sindicatos. Les salva el hecho medular de que esa demanda venga acompañada al tiempo (cual condición sine qua non, con forzosa imbricación) por eliminar asimismo la que afecta a partidos políticos; verdadero brindis al sol. Los resultados electorales en Andalucía muestran dos evidencias. Por un lado, la izquierda sociológica digiere dogmas y demagogias sin límite. Rechaza, repudia, aquel escenario que ponga en juego su hacienda. Al PSOE andaluz le llevó a perder ochocientos mil votos un treinta por ciento de paro y el presunto saqueo, a pesar del PER; esa tela de araña en cuyas redes se encuentra cautiva la democracia. Sin embargo, la derecha se mueve por principios y coherencia; no transige, en general, frivolidades ni argucias. Tampoco suscribe hipotecas. El incumplimiento hipotético e inmediato de Rajoy respecto a compromisos fiscales, morales e institucionales, alimentaron una abstención que privó al partido de la mayoría absoluta. En Asturias, el electorado castigó a Álvarez Cascos por prepotente, o poco pedagogo, y al PP por retorcido. Conjeturo un gobierno tripartito con estos dos “clarividentes” y el diputado de UPyD que, a la sazón, debería convertirse en presidente del Principado por ética política. Un error podría pasarle a Rosa Díez una factura demasiado cara en próximas confrontaciones. Le interesa huir del PSOE para recoger sus frutos cuando este se pudra, pronto antes que tarde, en Andalucía; ralentizando su estertor con la agonizante compañía de IU, ambos económicamente anoréxicos a falta de más “deudas históricas”, bocado recurrente en pasadas épocas de esplendor y gobiernos nacionales socialistas. De los sindicatos, con poco está dicho todo. La huelga general, aparte una legitimidad en cuarentena, fue una acción preventiva (puesto que no hay aprobada ninguna reforma laboral), política, excesiva, que terminó en Barcelona de manera inicua. Aquí sí que se “hizo un pan como unas hostias”, con perdón.
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