Editado por Eduardo de Lácara
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................................................Alejandro F. Mercado, Director del Instituto de................. .............Investigaciones Socio-Económicas (IISEC) de la Universidad Católica Boliviana


Valores positivos y valores negativos

Crecimiento y bienestar

En una conferencia realizada el año 2001, el profesor Hornberger destacaba que las teorías que buscan el bienestar a través de la redistribución del ingreso no pecan por malas intenciones, pecan porque se olvidan de que para poder redistribuir, primero es necesario ser capaces de producir. De allí se sigue que la relación entre crecimiento económico y bienestar humano descansa, en última instancia, en la creación de riqueza o, en otras palabras, que la pobreza no es una incapacidad de consumir, sino una incapacidad de producir. Pobreza, pobre, proviene del latín pauper, palabra compuesta de pau (paucum) que significa poco y de per (pario) que significa engendrar o producir, de donde se deriva que pobre significa que “produce poco”.

Lamentablemente las visiones igualitaristas han banalizado la pobreza en el sentido de carecer de bienes, siendo que la esencia del término hace referencia a la carencia de frutos. De ello se extrae una conclusión de fundamental importancia: “De la pobreza no se sale teniendo, sino siendo”. De la aceptación o negación de esta premisa dependerá, en gran medida, si continuaremos siendo pobres o seremos capaces de salir de la pobreza, si podemos ver el futuro con esperanza o somos imponentes frente a los desafíos del futuro.
 
Hace ya casi tres décadas, el Premio Nóbel de Economía, Amartya Sen (1979) se preguntaba: “¿Igualdad de qué?”, refiriéndose a qué métrica estamos utilizando para intentar medir el bienestar. Como respuesta, Sen nos dice que el bienestar es algo ligado a la libertad, que el desarrollo no es nada más que la ampliación de nuestras libertades. De manera concreta destaca que la equidad debe estar referida a la igualdad de oportunidades para alcanzar el bienestar. Nos llama la atención respecto al fetichismo de los bienes, en el sentido de que una métrica basada exclusivamente en los bienes es insuficiente si no se toman en cuenta las libertades que nos hacen seres humanos; destaca que la posesión y el disfrute o utilidad no son los únicos conjuntos reales que importan, así como tampoco es solo importante el estado actual (vivir bien), sino los estados que podemos alcanzar (vivir mejor). Textualmente anota: “La capacidad refleja la libertad de una persona para elegir diferentes formas de vida”, mostrando con claridad que el concepto de capacidades al que se refiere está íntimamente vinculado con la  libertad de elegir.

Una historia de pobreza

La historia de la economía es una historia de desigualdades. Mientras algunos países corrieron y todavía hoy corren por la senda del crecimiento hacia el desarrollo y el bienestar de sus habitantes, algunos, después de correr, parece que se agotaron, quedando rezagados en la carrera, otros, después un largo periodo de letargo, parece que recién despertaron y ahora se adelantan a sus vecinos, sin embargo hay otros que apenas si caminan a tropezones, quedando permanentemente rezagados; porque no solamente se trata de avanzar sino de la velocidad con la que se lo hace. “Aquí, como ves, tienes que correr todo lo que puedas, para mantenerte en el mismo lugar. Si quieres llegar a alguna otra parte, debes correr por lo menos el doble de rápido. Dijo la reina”(Lewis Carrol, 1872).

Bolivia, lamentablemente, está entre estos últimos. No solamente no crece, sino que parece que retrocede. Desde mediados del siglo pasado, en términos relativos, hemos retrocedido porque  los otros nos adelantaron. En términos absolutos, nuestros abuelos vivieron en un país pobre, nuestros padres de igual modo, nosotros estamos en la misma situación que ellos y no parece vislumbrarse un mejor futuro para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Hemos experimentado con casi todas políticas concebibles. Hemos nacionalizado, privatizado y vuelto a nacionalizar, pero seguimos atrapados en una trampa de pobreza.  Después de la Revolución del 52 nuestras esperanzas se sustentaron en un marcado nacionalismo y la apuesta por la intervención del Estado en la economía, el resultado, al final de esta etapa, fue una profunda caída en las condiciones de vida de la población. Las medidas de ajuste de mediados de los ochenta, seguidas por las denominadas reformas de segunda generación de los noventa, si bien mostraron éxitos en su implementación, generaron un rechazo que terminó por revertirlas en los últimos años. La denominada revolución propuesta por el actual gobierno ilusionó a muchos, pero fue como un fuego de paja, que dura muy poco, para hundirnos nuevamente en la incertidumbre. Nuestra historia parece condenada al Tártaro, donde, al igual que Sísifo, estaremos obligados eternamente a empujar una piedra hasta la cima, que al llegar caerá para que comencemos nuevamente nuestra penuria.

Los datos

Según Mercado, et.al. (2005), la tasa de crecimiento tendencial, ajustada por el filtro de Hodrick y Prescott, para el periodo 1952 – 2003 habría sido del 2.8 por ciento como promedio anual. Dado que la población en dicho periodo habría crecido a una tasa promedio del 2.4 por ciento cada año, se concluye que el crecimiento en términos per cápita habría casi nulo, al mismo tiempo que ello estaría mostrando que el crecimiento agregado fue resultado solamente del crecimiento poblacional, sin mostrarse incrementos en la productividad. Este dato corrobora una anterior estimación realizada también por Mercado, et.al. (2003) donde, utilizando una metodología distinta, basada en un Modelo de Equilibrio General, se estima una tasa promedio anual de crecimiento de largo plazo entre 2.5 y 2.8 por ciento.

Un trabajo reciente realizado por Jemio (2008) para el periodo 1950 – 2006, nos muestra que la tasa de crecimiento tendencial del PIB, estimada mediante una curva de tendencia exponencial, ha sido del 2.8 por ciento. Resultado que corrobora las anteriores estimaciones anotadas.

En los trabajos referidos se hace énfasis no solamente en este virtual estancamiento de la economía boliviana, sino en que tal crecimiento fue altamente volátil o, si se prefiere, hubo periodos de crecimiento y periodos de caída. Mercado anota que cualquier shock positivo que afecte a la economía boliviana solamente tendrá un efecto por el espacio de 5 trimestres, es decir que después de este corto periodo la economía retornará a su tasa de crecimiento tendencial, asimismo, destaca que la caída asociada al periodo con fuerte intervención estatal en la economía fue de mayor duración y de mayor  profundidad que la caída en los últimos años de la década pasada.

Por su parte Jemio nos presenta tres etapas de caída durante el periodo que va del 1950 al 2006. La primera entre 1953 y 1957, es decir inmediatamente después de la nacionalización de la minería y de la aplicación de la Reforma Agraria, habiendo caído el producto en un 11.5 por ciento. La segunda, conocida como la crisis de la deuda externa, entre 1980 y 1986, que significó una contracción acumulada del producto mayor al 12 por ciento. La tercera, a finales de los 90 y principios de los 2000, resultante del efecto contagio de la crisis asiática de 1997 y de la crisis del Brasil. Destaca que, a diferencia de las anteriores crisis, en esta última el PIB no mostró tasas de crecimiento negativas, sino que mostró una caída respecto a los anteriores años.

Gracias a  un crecimiento del 2.5 por ciento en los términos de intercambio para el 2007, por lo que superaron en un 33 por ciento  al valor promedio de los años noventa, la tasa de crecimiento promedio de América Latina y el Caribe fue del 5.6 para el pasado año, Bolivia, que apenas alcanzó un 4 por ciento, está casi en el fondo de la tabla.

Valores positivos y valores negativos

Un simple observación de cuál la razón para que ciertas sociedades hayan logrado el crecimiento y el bienestar, mientras que otras, a pesar de sus condiciones y esfuerzos, se mantengan sumidas en el fondo del pozo, nos lleva a la reflexión de que probablemente la explicación no esté en la dotación de recursos naturales, su posición geográfica o el tipo de políticas aplicadas, sino en su manera de ver el mundo, en su cultura o, para ser más precisos, en los valores sobre la que se sostiene su superestructura social y política. En ese marco, no parece descabellado pensar que existen preconceptos positivos, traducidos en valores, que conducen al crecimiento, de igual modo que existen preconceptos negativos, denominémoslos disvalores, que conducen al atraso o, al menos, limitan el crecimiento.

Uno de los valores/disvalores que impulsa o limita el crecimiento es la manera como valoramos el futuro, lo que los economistas denominan la tasa a la que vamos a descontar el futuro. Las sociedades que apostaron por el futuro (vivir mejor) invirtiendo sus recursos en la educación, hoy son las que presentan mejores niveles de bienestar; por el contrario, aquellas que priorizaron el presente (vivir bien), que en lugar de trabajar por sus hijos, los hacen trabajar para ellos, hoy son las que están rezagadas en la carrera del bienestar. 

Otro de los disvalores que impiden el desarrollo es una suerte de exigencia social de una moral y una ética sobredimensionada, que regule el actuar de los individuos tanto en su vida pública como privada. Se exige que todos, probablemente menos uno mismo, actúen en correspondencia a elevados ideales, llámese la patria, la sociedad, la solidaridad o cualquier cosa que tenga el rótulo de “social”, conduciéndonos a que por exigir tanto no se consiga nada. Por el contrario, las sociedades que hoy disfrutan de mejores niveles de vida tienen exigencias éticas y morales más modestas, pero de verdadero cumplimiento, demandando de sus miembros solamente que cada uno busque alcanzar sus propios objetivos con la única condición de no violar los derechos de los otros.   
  
Cabe también destacar como disvalor aquella concepción que condena a quienes se preocupan por su propio bienestar, valorando positivamente solamente las acciones que los individuos hacen para beneficio de otros, considerando como buena acción a toda aquella cuyo beneficiario no es uno mismo, sustituyendo así el valor  moral y ético de las acciones por sus  beneficiarios. De allí, por ejemplo, es que se condena la riqueza y se elogia la pobreza como una virtud. La generación de riqueza es castigada en lugar de ser premiada. ¿Cómo podemos esperar que la gente se esfuerce en este contexto?

Ciertamente que estas reflexiones no agotan, ni mucho menos, los disvalores que frenan el desarrollo, como tampoco son un listado exhaustivo de aquellos valores que lo promueven, pero si solamente fuésemos capaces de cambiar en los valores anotados, seguramente que nuestra historia futura podría ser muy distinta.

Referencias

Hornberger, Jacob G. (2001)  Conferencia realizada en la Universidad Francisco Marroquín. Guatemala.

Jemio, Luís Carlos (2008) “La Inversión y el Crecimiento en la Economía Boliviana” Documento de Trabajo No. 01/08 Instituto de Investigaciones Socio Económicas (IISEC) Universidad Católica Boliviana, Febrero, 2008.
 
Carrol, Lewis (1872) A través del Espejo. Clásicos Universales. Ed. Fontana. 1998. España.

Mercado, Alejandro F., L. Andersen, M. Medinacelli, O. Nina (2003) “Movilidad Social: la clave para el desarrollo. Una agenda de políticas para la nueva década” Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB).
 
Mercado, Alejandro F., Jorge Leitón y Marcelo Chacón (2005) “El Crecimiento Económico en Bolivia (1952-2003)” Revista Latinoamericana de Desarrollo Económico, Julio, 2005. Bolivia.

Sen, Amartya (1979) “Equality of What?” Tanner Lectures on Human Values. Cambridge, Cambridge University Press.

El presente artículo fue presentado al Concurso de Ensayos Cortos en Economía “Jorge Canelas” del Semanario Pulso de La Paz, Bolivia y fue premiado entre los mejores 20 ensayos.


Alejandro F. Mercado, Director del Instituto de.Investigaciones Socio-Económicas (IISEC) de la Universidad Católica Boliviana
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