Editado por Eduardo de Lácara
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.....................................Jaime Ganz


Rebélate

Es igual qué método prefieras; el nuevo poder está ahí, es más opresivo que nunca, la mecha está encendida; es igual qué método, la metamorfosis, lo eterno, el espíritu, lo contrario de la estupidez o la estupidez misma, lo contrario de la superficial sensatez o el consumo puro; en resumen, da igual la imagen que tengas del mundo: rebélate. Si crees que puedes instalarte en él de un modo más pacífico, más confortable o más moral, intenta tu suerte. A mi modo de ver, no nos ha sido dada esa suerte, que hay que buscar; hay que mirar todo esto a los ojos y soportarlo con valor. Porque sí nos es dado mostrar alguna identidad con alguna evolución espiritual más allá o más acá de la época; madurarla, dejarla crecer y presentar soluciones generales, aunque sea sólo para el más pequeño círculo y en una trinchera de valores.  No todas las contradicciones se neutralizan, y uno puede continuar con ellas. ¿Disponemos todavía del poder metafísico de la asimilación y de la transformación, de la integración y de la creación? Porque es verdad que sólo han sido dichosas aquellas épocas en las que había una realidad incuestionable. Ahora sólo queda mirar dentro de uno mismo y volver la vista atrás. Los poderes más concretos como el Estado o la sociedad ya no se pueden concebir como esencia; sólo la actividad por sí misma, sólo el proceso como tal.


El anarcocapitalismo y el diablo

Ya sólo cuentan el rebelde y sus consignas, desde que se acabó la participación en el mito, luego absorbido por la tozuda realidad y devuelto al sueño. Queda el recuerdo de su totalidad. La ley individual en el juego de la necesidad es un sueño inmanente. Los supuestos sociales no nos preocupan. Otros viven de preguntas que se difuminan rápidamente. Nunca ha existido una ideología política que, con el murmullo aprobatorio de la opinión pública, reconociera directamente al individuo sin menoscabarlo. La experiencia individual no se puede transferir, tampoco probar; busca su legitimación en el no sometimiento al mundo (mundo que, a través de la acción del Estado, tampoco se abstiene de traspasar esos límites que le han sido asignados al individuo, que tienen pendiente una imperiosa necesidad de revisar sus fundamentos). Burckhardt dijo que fuera del Estado los individuos están privados de armonía. Pero la armonía es un resultado, exige un esfuerzo constante. Su proveedor no es el Estado. Armonía es una forma final, un principio puramente intelectual. Una manera determinada, la voluntad de finalizar un mundo, redondearlo, estructurarlo, cerrarlo, firmarlo. No puede ser tomado de allí, de la nomenclatura del profano de la vida. En la naturaleza no hay ninguna armonía; de ella no podría salir el concepto. Y tampoco es un concepto zoológico: ¿hay una hiena armónica? Es un concepto intelectual, de la esfera productiva; o sea, aquella que combaten aquellos profanos, los profetas de la muerte y los detractores del Mercado. Armonía es orden espontáneo, oferta y demanda, mano invisible. Armonía es pensamiento ahistórico, anarquía, anarquía de mercado. Las alimañas necesitan la historia, la socialdemocracia, la monarquía, la república o el poder; no importa si han firmado el credo más innoble. Pero ahora el retroceso a estadios anteriores se perfila como una solución. El siglo XIX nos ha determinado para comprender el mundo en sistemas naturalistas. No podemos volver a la realidad mítica de los primitivos o a la vivencia simbólica del hombre de la Edad Media; probablemente era esto para esa escala de hombres tan real como para nosotros la inducción. Vivir con las cosas, dentro de ellas, antaño por medio de la participación mística, o por medio de la riqueza simbólica; eso sí podemos. Primero: conoce tu situación. Segundo: cuenta con tus defectos, parte de ellos. Tercero: no perfecciones tu personalidad, sino tus obras. Cuarto: pacta, de vez en cuando, con el diablo. Sólo cuando nos vivimos a nosotros mismos y nuestra voluntad, cumplimos el destino que tenemos trazado. El retroceso a estadios anteriores se perfila como una solución. Permanecer en el propio círculo: ésta es una gran ley. Conmovedor, por cierto, el temor al diablo y a lo "anárquico".



Contra los liberales

El Estado es una cosa abominable, tanto, que somos incapaces de constatar cuánto nos espanta. Yo no lo aborrezco porque es "injusto", sino porque se hace el centro de todo; entra a hurtadillas en mi alcoba. Lo aborreceré siempre. Le reconozco dos cualidades: es injusto en sí mismo y se hace el centro de todo. Es el enemigo de todos, porque desea sujetarnos. Algunos liberales quitan de él cierta rémora, pero no pueden borrar su injusticia; de modo que no lo convierten en amable para los que odian la injusticia; sólo lo hacen amable a los injustos, que ya no encuentran en él un enemigo. Así, ciertos "liberales" continúan siendo injustos, y sólo pueden contemplar a los injustos. Ésta es una evidencia que debilita el liberalismo. Éste es el espíritu de los Bush, de los Sarkozy o las Merkel, de los estatistas de tomo y lomo que llenan el panorama internacional.  No me merece mayor credibilidad el Estado de Derecho, aunque reconozco que lo critico con menos convicción. En el proceso de la historia occidental hemos visto el poder del tirano, yen democracias, en monarcas absolutos y en tribunales salidos de revoluciones sólo se ven montones de mierda de deseos de venganza y corruptela. Como es peligroso decir a la ciudadanía que las leyes son injustas, se les dice que hay que obedecerlas porque son leyes. De igual modo, ocurre con las leyes de la naturaleza, que no son más que "convenciones dictadas por la costumbre". No tenemos forma de conocerlas ni de juzgarlas. Ésta es la regla de justicia que nos proponen: seguir las normas de un país. Con eso debería bastar.  Algunos liberales justifican la existencia del Estado proclamando la policía, el orden, la justicia. Orden y desorden, bien y mal, muerte y vida son, sin embargo, sólo conceptos, fronteras que mantenemos, pues nos ha sido dado verlas. Cuánto, sin embargo, hemos de ver cerrado. Pero esta es la verdad: la sociedad hace como si no supiera lo que es el Estado. Aunque todos saben que es puro crimen y homicidio y latrocinio y coacción y destrucción de lo individual, desde siempre e in aeternum, y no tiene sentido adornarlo con términos morales e intelectuales.


Las águilas de Odín

Liberalismo. Habría que indicar muy importantes motivos para no encontrarlo bello. El liberalismo ha muerto. Las águilas de Odín vuelan al encuentro de las águilas de la legión romana. Este hundimiento no debe ser definitivo, pero es sentimental. Mientras, el sistema permanece en la alianza con el mundo del Estado, que es demasiado grande, incluso para sí mismo, y que se hará todavía más grande. Los raros hábitos de incubación de colectividades, que son su denominador común, espantan al simple observador. "Protejamos" la felicidad y la prosperidad de las masas. Con este lema se justifica el intervencionismo y el cultivo de toda clase de hierbas. Agotadas la historia y su interpretación, cabe dejar pasar el tiempo y sufrir las consecuencias para demostrar que es un lema tóxico, tanto más que los restos de la banca de inversión. La banca lo que menos soñó nunca fue el sueño de Pericles, y no se le puede pedir que lo sueñe. Capitalismo de Estado: a la izquierda están siempre los prohibicionistas. De aquí para allá bajas, victorias pírricas, azar y necesidad, despojos y discursos y carteles. Quien no tiene futuro tiene que rechazar odio de tiempos pasados. Dos milenios para forjarse una idea de la historia y de la política. Sin embargo, han bastado unas cuantas décadas para corromperlas. Dos milenios de historia reducidos a lo convencional. (No digo que sólo haya un pensamiento, el pensamiento histórico; sin duda hay un pensamiento histórico, pero vemos amplios campos de la expresión del individuo que no son históricos: ciencias naturales, teología, religión, arte.) Democracia, socialismo, Libertad...: todos estos conceptos los hemos creado para situarnos lo mejor posible y por un tiempo en la existencia, pero tampoco son capaces de afrontar los peligros más extremos más que durante un tiempo. No esperemos mucho de ellos, es expresión humana y detrás hay muchas desesperaciones, surgieron en el camino hacia ellos y los rodean muchas traiciones.  La caída y transformación del Estado en una hacienda de previsión se lleva a cabo ante nuestros ojos, un drama.  Donde hay un centro se reúnen los caciques. Cada uno produce una ventosidad  y la extiende. El conjunto pretende llamarse conjunto del orden y sentido de la vida. El conjunto puede fácilmente remitirse a Platón.El Estado como concepto fundamental lleva todas las ideas de lo vulgar, bajo y estúpido, lleva a la patria a la estrechez y lo sentimental. Habrá que sufrir sus atropellos, ahora redoblados y justificados. "Sólo el concepto de la faz del hombre rodea acciones y comparaciones con brillo de lo trágico y universal", dijo Burckhardt. Sólo a él le es propio dar la trascendencia que corresponde al ser humano, imperturbable a través de los subterfugios históricos de un supuesto espíritu del mundo (Hegel), al que sus públicos beneficiarios y chantajistas se representan como máscara de gas y una orden con espadas.


Somos portadores de la historia

No hay duda de que hay un círculo descriptible según la forma y el contenido, dentro del cual el que pertenece a una determinada generación aparece auténtico y definido, y fuera del cual resulta decaído y bajo. Aquí no hay ninguna complicación, ninguna intelectualidad: todo el mundo ve esta verdad, es una evidencia. Y es una bendición pertenecer a algo más grande que uno mismo. Pero a un tiempo en ello hay una pérdida. La colectividad nunca podrá ser redondeada ni regenerativa, que son actitudes que implican ala persona concreta, probablemente es su "enfermedad" constitutiva, y nos felicitamos por padecerla. ¿Entonces: qué da derecho a un pueblo a guiar a otro? ¿Qué imagen del hombre ha desarrollado, hasta que profundidades del ser y hasta qué perfil exterior ha llevado su forma?¿Por qué debemos ser deficitarios de Estados Unidos o de Alemania? Una nación debe seguir remitiendo a su señorío, pase lo que pase, porque tiene sus juicios hechos, mantiene sus costumbres, ha desarrollado un tipo, conserva una mirada trascendente, ha tomado duras decisiones morales y movido masas bajo caudillos imperiales. Y esto es España, y también Francia o Inglaterra. Un círculo de hombres posterior a la Antigüedad, determinados, sin embargo, por la humanitas grecolatina, y la sangre dispersa del imperio. Son portadores de la historia. Somos portadores de la historia. Y no tenemos nada contra el orden del mundo.


Los hombres mueren desde el corazón

Hay que destruir para construir. Tiempo atrás, los hombres se reponían y se regeneraban a sí mismos; era un impulso que partía del interior. En nuestra época, el Estado sigue dominándolo todo y esa saludable vida interior merma alarmantemente. Si las religiones no hubieran aparecido en la Tierra, estaría el Estado para anunciar la resurrección de los muertos, a los pies de sus propios altares (los muertos que ha producido él mismo en todas las partes del mundo y multiplicado sin cesar). Tal como es, sería poco realista suponer que, un buen día, podría desaparecer sin más. Lo más sagrado que le ha sido asignado al Estado parece ser su propia duración. Es un supraindividuo inmortal. Con los rasgos de nuestra dimensión local, política e identitaria, preguntarse por una estrategia para (ya que no pulverizar) degradar el rango del Estado... (Sí, esto es como invocar al Tobden-Lama.) El ciudadano no quiere responder en absoluto lo que es la vida o lo que es la responsabilidad, el arte de tomar decisiones, de interpretar situaciones; actúa para sí mismo y deja que todos lo vean así, y cada uno de los que miramos sabemos que aquí ocurre algo totalmente monstruoso, pero en ningún sitio hay ya alguna fuerza para detenerlo. La condición previa para ello sería hacer surgir una nueva voluntad de acción, con sublimes necesidades pensadoras y un verdadero ritual de identificación. Pero el animal doméstico permanece en la cadena y reúne paja. Hay un sentimiento que hoy experimenta cada uno en sí mismo y que tiene que ser arrancado por una especie de poetas a la mudez de nuestra vida interior. Ahí van unas fraternidades de Montesquieu a Sun Yatsen. Hay en nosotros posibilidades de una grandeza más clara, más abundante, más peligrosa, también. Dar expresión a un asunto quiere decir casi determinarlo, y eso quiere decir casi superarlo. Tener experiencias de las que nadie participa, tener sentimientos que nadie reconoce: eso es ser uno mismo y aguantar en la brecha.  "Los hombres mueren desde el corazón", decía un famoso médico francés. Las señales de la trágica era individualista no pueden ser borradas de buenas a primeras, no mientras existan inconformes.


Reflexiones

Qué quebradizas son las bases del Estado. El individuo como un principio distinto y superior está ahí también; él y sus vivencias deberían determinar profundamente la vida social, y vemos que no es así. Con imaginaciones de lo elevado o muecas de disminución se hacen los individuos; la disminución viene siempre de parte de las consignas que expresan perspectivas sociales. Esos cruzamientos entre lo colectivo y lo individual son nefastos; determinan para mal las fuerzas del individuo, lo visionario y la acción, ámbitos que lidera la esfera privada, de ahí que ésta tenga ganado el cielo en todas partes. Hay que pensar en estas nuevas creaciones de lo social, en estas extrañas mezclas que surgen de sus uniones. El talento se puede seleccionar. Qué incompleto se vuelve el individuo, qué vulnerable, cuando se lo retira de su forma primigenia y se lo conquista a través de la acción del Estado. Qué tensión tendría que atravesar una nación que entrase decidida en la conciencia de este conocimiento, qué siglos de fama por conquistar se abrirían entonces, si en todos los cerebros ganara vida la palabra que desde siempre estuvo en toda la humanidad, que la hizo grande: la palabra "libertad".


Rostros de la decadencia

Bernanke, Paulson, Obama, McCain, Bush, Sarkozy: rostros de la decadencia. El Estado, que nunca se fue, ha vuelto para quedarse. Un ojo malicioso, oscuro, inquietante, mira hacia aquí desde los campos cataláunicos. Hoy y aquí. Ya no hay dos mundos; el mundo del capitalismo de Estado, a regañadientes liberal, de más allá del Atlántico, y el capitalismo de Estado de corte socialdemócrata de nuestras latitudes: se han fundido en uno. El penúltimo escalón ha sido pisado. Verdad y poder de los más bajos principios de las viejas doctrinas suben encima, el mundo de las colectividades, que las hace incapaces de otro fin que no sea ellas mismas. Lo público y lo privado; el saludable dualismo se ha difuminado, se difuminará aún más; la disgregación está ahí. Poco importa si se salvan empresas con el dinero del contribuyente o con el dinero del ahorrador (como ha hecho hace poco la Reserva Federal); el ahorrador es "el" contribuyente. Hay una existencia valiosa y una existencia no valiosa. Vida superior y valiosa es vida autónoma, sin llegar a ser indiferente frente a lo humano: esa es la vieja vida. Vida inferior es siempre vida ansiosa, orientada hacia el devenir. Esta diferencia de nivel atraviesa toda la antropología y llega a la economía. Había un dualismo sano que diferenciaba entre la acción privada, el libre mercado, y la acción estatal. Esa convención decía: permitid que no toquemos ciertas cuestiones para las que el regulador no tiene ni sensibilidad ni respuesta, pues si se pone aparte esa convención sería tal que un pretendiente se sube a un "trono" como un cosaco al caballo, es decir, "por apresamiento, herencia o violencia", no por los motivos del mundo o del sentido común.  Estos son los espíritus de la época, los espíritus de la decadencia, los dilapidadores de todo tipo de materiales, incluso morales; llegan y embellecen su villanía con una ideología. Entran en el mundo del concepto y las formas económicas lo entretejen en sus motivos; entonces, los propaganditas se apoderan de ellos, los filósofos de la cultura demuestran sus talentos. Los que están en desarreglo dicen de los que están en orden que son éstos los que se alejan de la naturaleza. Es una verdad incuestionable que el liberalismo tiene por enemigos hombres poco razonables y que la opinión de éstos le resulta tan poco peligrosa que aún le sirve para confirmar sus principales verdades. Éstas pruebas que ahora aluden, la bancarrota del sistema bancario, no pueden llevarnos sino a un conocimiento especulativo del liberalismo: sus enemigos aprovecharán esta coyuntura para desautorizarlo. ¿Sobre qué fundará el hombre la economía del mundo que quiere gobernar? Lo que se va a hacer es poner la justicia en manos de la fuerza; así, será llamado "justo" aquello que hay por fuerza que obedecer. De aquí viene el derecho de la espada. "Porque la espada otorga un verdadero derecho". Más transparencia: eso es lo que hay que pedir al mercado. Mucha más transparencia. Fuera de eso, laissez faire.


Una visión

Se trata de una toma de conciencia, incluso de una visión, de una visión en el único campo que se deja ver sin más, que no insiste siempre en ser mal conocido, que concede por momentos al observador ignorar todo lo que no sea su elemento: el campo interior, es decir, la bendita esfera privada, esfera acabada, inalterable, arrancada, por oposición, a la esfera pública, y separada del Estado. ¿Por cuánto tiempo? Este artículo va, pues, de intervencionismo, intervencionismo que nos deja mudos. Porque lo que ocurre le priva, incluso al más propicio al comentario, del uso de la palabra. No es en absoluto un silencio de trastornado, sino de asombro. Una democracia, se ha dicho, difunde el poder, la influencia, la autoridad y el control entre una variedad de individuos, grupos, asociaciones... Su misión es restar capacidad y hegemonía a cualquier centro único; promueve actitudes y creencias favorables a las ideas democráticas y, según palabras de Robert A.Dahl, "estas características tienen una génesis independiente y se refuerzan mutuamente". Entonces, en una democracia liberal, el Estado debería ser un invitado, un observador (y como hemos visto, la única esfera que merece ser observada es la esfera privada). A uno le da la risa...  Guerras en perspectiva, crisis financieras, preocupación por los tipos de cambio, la presión sanguínea por las nubes, tono muscular blando y el vagus, nervio de las inestabilidades, excitado por las soflamas estatistas. ¡Ésta es mi época!

Freddie Mac, Fannie Mae, mi madre, los Lehman Brothers y yo vamos a montar un circo. Ahora la Reserva Federal le ha dicho a AIG: "Levántate, ve, y anda, gástate durante unos decenios todavía lasuela de las botas". Ahí va una inyección de alcanfor y un masaje cardiaco a cuenta del contribuyente y a mayor gloria del abominable señor Keynes. Esto es lo que se llama unir en una sola ocasión la parte afectiva y la parte sanitaria del enterramiento. Maldito capitalismo de Estado, es decir, maldito marxismo de derechas, el que se practica a lo largo de todo el planeta, desde Nueva York hasta Antananarivo, en inglés y en malgache... Pero vuelvo a lo esencial. El oxímoron Estado-democracia liberal. Los números justifican las inversiones y parece que las proporciones justifican las leyes, y las leyes justifican de nuevo los números, que son números verdes (por algún tiempo) en las arcas del Estado y siempre números rojos en la economía de las familias. Un timo para bobos. Capitalismo de Estado; todas las cartas marcadas.


De rábanos y coles


Si miras hacia arriba, hacia los escaños, hacia sus "Señorías", los verás y las verás, sentados y sentadas, obesos y obesas de complacencia, con sus rostros mutantes y contradictorios, impacientes por pulirse tus impuestos, tu credibilidad y el sandwich del desayuno. Parece que al punto que hemos llegado no hay nada que atacar, nada contra lo que protestar, nada que derribar ni con la honda pequeña ni con la gran trompeta. Una sociedad no es más que antropología progresiva, pretextos y contextos individuales, extendidos y generalizados, en busca de expresión. Es posible que, tal vez, se deslicen en ello algunos cuerpos extraños con espoleta de acción retardada, que pueden hacer volar algunos condicionamientos en un futuro tiempo de "Adviento". Es una lástima que tan bella misión de rescate parece incumbir sólo a los "otros", nunca al individuo concreto. Yo no miro el futuro. Mis pensamientos prenden y se comprenden a partir de una situación obligada de regeneración. ¡Nada de irradiaciones de tipo universalista! Una mirada regional, para empezar, limitada. Formas concluyentes y concluidas. Liberalismo. El liberalismo se dice solo; un tropel de buenos contextos y de buenos augurios confluyen hacia él. La Historia es testigo. Su medio dialéctico es defensivo-ofensivo; ratio e ideología, sí, pero ideología siempre en movimiento.

Todo en este mundo, por otra parte, se ha volteado contra él. ¿No será un mortinato el liberalismo? En todo caso, lo han hecho efímero. ¿Qué no es pasajero para un sentimiento del mundo? Incluso los ciclos culturales, los "8" solares de Spengler o los "32" de Toynbee. Una pesadez de tipo interior y, a un tiempo, exterior mina todas nuestras esperanzas. Hoy ya no hay una idea de la Humanidad. Hubo un tiempo en que estuvo en conciencia de todos. Vemos también que las nuevas ideas no cambian en lo esencial al hombre; sobre todo, no lo mejoran, y apenas lo orientan. Bastaría con tener opiniones. Éstas, por lo menos, ponen en movimiento las tripas y el hígado. Luego vendrán los gestos. Es como si yo me atreviera a decir aquí que, mediante el contrato y la empresa libre, el derecho privado sin coacción ni intervención estatal, la distribución de riqueza por medios privados (y no políticos), se daría satisfacción a ciertas pulsiones. Todo es empezar. Sabemos que el Estado es un cruce entre rábano y col, y que esta especie, la nuestra, hizo dioses y arte.


La transformación

Un tema común y recurrente: la "transformación", preparada desde hace mucho tiempo, del hombre interior no llega. Todo lo que se ve hoy en la política es la expresión de este fracaso. ¿Es que casi apelamos a una transformación que es ella misma de "otro" mundo? Regenerarse y transformarse han sido siempre pulsiones naturales, valores tan importantes como la libertad. Hoy, han sido sustituidos por la ideología sin causa trascendente, y su avance es visto sin la consideración de los individuos, de las generaciones: todo ese capital que la ideología destruye.

Lo que debería ser destruido, si se me permite, es cierto intelectualismo.

Remitir al esfuerzo interior; desenterrar viejas posiciones, pues vemos que eran superiores. Lo político ya no puede aportar nada en absoluto. En general, todo lo que no es constructivo en acción política práctica es destructivo. Hay una crisis en la que da la sensación que van a permanecer las nuevas generaciones el resto de sus vidas. Todos los métodos políticos van, por ello, a una meta concreta: a la fundación de un estado narcótico que aleje al individuo de la conciencia de su situación personal. Sin un nuevo sentimiento de la vida capaz de sacrificio, heroico, fundado a través de abismos y de pérdidas, no hay futuro. No puede haberlo. Todo esto no se puede imaginar lo bastante. Sólo la máxima seriedad puede tocar, en suma, estas cosas, que son letales. Sólo hay una forma de futuro, el resultado de nuestros actos pasados, estratificado mutativamente, es decir, surgido y completado en siempre nuevos actos y nuevos impulsos de creación. Es la lucha contra un mundo creado en fórmulas e instrumentalmente. La obligación del individuo es calcular posibilidades, computar éxitos y lanzarse a ellos.

 ¿Qué exige el genio de los individuos, qué exige la hora actual, qué tiene que surgir, si es que tiene que surgir algo?


De nuevo, Hombre


Leo páginas del gran Burckhardt, atractivo y exasperante a partes iguales, como su teoría del Estado. Sin un Estado fuerte, asegura, en el bellum omnium contra omnes natural, la sociedad no puede echar raíces numerosas más allá del ámbito familiar (Nietzsche siguió en esto a su maestro). Y también: "Sólo en el terreno asegurado por el poder pueden crecer culturas de alto nivel".  El poder es la tenaza férrea que obliga al orden social. Cuando un nuevo poder cristaliza, nunca es de forma apacible. Es difícil ser "uno" (nación) en relación con todo lo que vive al rededor. Una nación debe saber imponer a todo el mundo civilizado que tiene que tener conocimiento de ella. Un orgullo es pertenecer a una nación. Pero la nación no es el Estado, y es este último el que más problemas plantea. Hablemos del Estado, hablemos del Estado parcial y poco ajustadamente, que es como se expresa la verdad.

El Estado es siempre lo indecible en el deseo de poder, crueldad, soborno, depravación, conjura, explotación... Todo en él es artimaña y encubrimiento, un simple meter la mano en la caja: hurto públicamente legalizado. "La tribuna de los oradores es una cosecha de oro", reza un proverbio griego con el que se aludía la corrupción política de la época. Esosson hoy los signos de la vida pública moderna, del Estado y del poder modernos.

Utilidad pública, igualdad ciudadana, sistema de partidos, contraposición rico-pobre, plebe-aristocracia, gobierno democrático u oligárquico, monarquía o soberanía popular...: esquemas de lo mismo. Todo ya muy viejo, muy polvoriento, y sin resolver. Faltan los valientes y los libres, en contraposición a los cobardes y a los subyugados, empezando por nuestros propios políticos. Si se contempla todo esto no bajo puntos de vista morales o sentimentales, sino históricos y antropológicos, vemos, por un lado, el poder y, por otro, las camarillas que lo colman y la irrupción de su instrumento de control: la burocracia. No hace falta relatar cómo se relacionan entre sí.

El poder del Estado, lejos de purificar al individuo, como aseguraba Burckhardt, lo embrutece, filtra su excitabilidad; lo hace plano, cuando era cúbico; le quita superficies, cuando tenía ángulos; lo vuelve un incapaz lamentable. Un fantoche.  Pero hay un principio de representación de lo humano que procede de la naturaleza (y no es necesariamente iusnaturalista),que es el anarquismo de mercado, la suprema libertad del individuo conseguida mediante la abolición del Estado y la creencia en la autonomía del individuo; en el placer de la vida como tal, en el placer de vivirla sin agresiones mutuas. El individuo que permanece autónomo que se expresa a sí mismo. No es necesario volverse contra-movimiento, abandonar "lo natural", ni generar una gran violencia de oposición: basta volverse arte, lucha, interiorización; basta ser ideal en el material. Esto es poderoso, esto te devuelve a la existencia. Esto os hace de nuevo Hombre.

Anarquía de mercado ¿por qué no?

La explotación en los regímenes burocráticos es el verdadero carácter del Estado, no cabe buscar sucedáneos. El Estado ha sido siempre ese punto que tiene el centro en la circunferencia: el ciudadano puede "elegir" (es un decir) entre dos tipos de opresión: la opresión democrática y la totalitaria. En la primera opción, una capa dominante parasitaria y explotadora establece relaciones de poder efectivo sobre las personas: una especie de propiedad legal. En la segunda, no hay "contrato". La estatización de la economía implica la acumulación de la riqueza estatal, es decir, la apropiación en provecho de la burocracia.

 La coerción totalitaria existe en nuestras democracias y tiene considerable importancia en todas las esferas de la vida social, incluyendo la económica. Se trata, pues, de sacar a la luz estos mecanismos de explotación desarrollados bajo formas imprevistas y velar por la propiedad privada.

Instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio le hacen el trabajo sucio al Estado. Habría que protegerse de ellas. El mundo ganaría viendo rodar sus cabezas, antes de que empiecen la segunda dentición: su existencia ya es un vicio, queda argumentos a los adversarios de la economía de mercado. El anarquismo de mercado es una solución. Resistir; educar las fuerzas; habituarse a la energía y a la temeridad; practicar la rebelión fiscal. Que se diga de nosotros, como aquel que se lamentaba en persa: "¡Ay, Mardonius, contra qué hombres nos guiaste en la lucha, que no compiten por dinero, sino por la excelencia!".


El hotel guineano

Templadas y fétidas, como el estiércol, hay dos corrientes en los medios de comunicación escritos: la meramente funcionarial y propagandística (zamba y melodiosa), y la desinformativa. Periódicos de "partido" y periódicos gratuitos (en todos los sentidos del término).

En esos mismos medios aparecen noticias que hacen de Guinea Ecuatorial un lugar idílico que recuerda los siglos coloniales y cosmopolitas. Son los medios que difunden la aproximación y la mentira: Mann tiene celda propia, una máquina para hacer ejercicios físicos, libros y revistas, puede llamar regularmente por teléfono a SU casa y muchos días almuerza con el ministro guineano de Seguridad, Nguema Mba, informa hoy el diario "The Times" (6 de junio)

Nadie en Playa Negra (concentración de gérmenes, fiebre, tifus, el arco del triunfo de la malaria) vive a cuerpo regalado. Nadie.  Así, el Gobierno permitió la presencia de periodistas extranjeros en el juicio y se aseguró de que el cuerpo diplomático asistiese a la vista y escuchase al mercenario reconocer la existencia de una conspiración internacional para hacerse con las riquezas petroleras de Guinea. (informa también The Times)

El propio ministro de la policía pellizca, bajo coacción, a Simon Mann en la sala para que su declaración resulte "oficial".

Claro que tiene que existir algún medio de información honorario para difundir la basura dictatorial. Y zurupetos que la leen.

Este teatro presenta sus piezas; el bodrio folletinesco de Rupert Murdoch, The Times, bebe de los abrevaderos del Támesis. Páginas de opinión profundamente estatistas, laboristas y monárquicas. Es el tipo cortical de los intelectuales profesionales, y su brutalidad histérica.  De acuerdo a las informaciones de The Times,el mensaje que dirige Obiang a la opinión pública internacional esclaro: es un dictador bueno y comprensivo. De hecho, parece invitarnos a llevar a cabo un golpe de Estado. ¿Qué podemos perder? Poniéndonos en lo peor, si nuestra tentativa no prospera (según las informaciones del tabloide británico), gozaremos de una plácida estancia en los trópicos.

Pero los dictadores no actúan así; la historia está llena de ejemplos: Hitler se deshizo de aquellos que, en la cúpula del partido nazi, pensaban de acuerdo a sus ideales; los Procesos de Moscú dan cuenta del tenebroso oficio de Stalin. Un dictador no alienta a sus golpistas: elimina incluso a sus allegados, a todo aquel que pudiera hacerle sombra. La situación, a propósito de Guinea Ecuatorial, recuerda aquellos decenios de hacer la vista gorda respecto de lo que sucedía en los regímenes comunistas. Es incomprensible. "En el núcleo de nuestra vida moral y de nuestra imaginación moral residen los grandes modelos de resistencia: las grandes historias de quienes han dicho No. No te serviré."Estas palabras de Sontag nos recuerdan a Simon Mann; al Simon Mann que, entre funcionarios de prisiones y cucarachas, administra la miseria con decencia. Debe de causar impresión, incluso entre las hordas.

Es un hombre que hace gala de firmeza moral. Mann pertenece a nuestro medio, es enteramente nuestro; es el tipo de hombre que penetra profundamente en la intuición de la vida, a pesar de que el trabajo de la Libertad en la conciencia humana parece finiquitado.


Individualidades


Individualidades. Dónde están. Vemos grupos de profesionales en su lugar, colectivos, hombres de humo. El individuo es el portador, el intérprete de la historia, no la colectividad. Lo social: orgasmos a su hora, orgasmos cronometrados, a petición del ministro del Interior.

Individualidades contra fantasmas: tal es el combate que se libra en nuestros días. Ir y venir de cadáveres, de ciudadanos irreprochables, fantásticamente programados y reprogramados para... dormir. El individuo es especialidad, división sana, constitución. Una civilización degenera en el momento en el que no se tiene en cuenta al individuo, que es la esencia de esta especie última y tardía. El individuo se opone a las metas indeterminadas, a las promesas de satisfacción, a las utopías sangrientas que le proponen los partidos sociales. Cada persona nace con sus posibilidades, con sus fundamentos y sus resortes interiores. Su esencia es la creación. Sólo cuando crea se reconoce al hombre. Lo colectivo se ensaña contra el espíritu. Incluso las sensaciones corren el peligro de pasar a ser parte de un suministro central.  La masa soporta el Estado como extraordinario agresor, divisor, destructor de vida.

Las sociedades que ven lo esencial en cruzar fronteras y en sumir pueblos pertenecen a una ralea inferior. Las sociedades que identifican el enemigo en casa y lo combaten hacia arriba son selectivamente grandes: una rareza, puesto que ese tipo de lucidez es patrimonio de unos pocos.  La palabra, pues, es "individualismo". Hasta ahora sólo ha sido insinuado, perseguido, mancillado. Una forma de culto, un culto superior, como todo lo que exige diferenciación. En el individualismo reside un poder total y completamente escondido. Por un lado, la vida con sus manipulaciones; por el otro, el individuo, lleno de sí mismo, principio de realidad. Allí los discursos solemnes, los desfiles, la rapiña comunitaria; aquí el instinto. Esta concepción del individuo la esquivan todos. ¡Es demasiado exigente!  Para el político en particular el individuo es una realidad corrompida. Abajo, pues, con él.

De la política podemos esperar ricas variaciones sobre el desastre, no soluciones. El individuo despliega actividad para el universo por el mero hecho de ser: en este sentido tiende a lo general. El que teme ser él mismo, no dejará de temer sus rasgos propios. Es más fácil ser funcionario que dar fundamento a la propia existencia. Quien cabalga sobre un tigre no puede bajarse. Actuar es capitalismo, biología, industria armamentística, todas esas cosas que invocan el movimiento, transfiguran el presente y llevan la comida a la mesa. Negocio, forma, exigencia, creación, individuo. Éstos son los agentes de una fórmula salvífica, un principio de floración que empieza en el único y en su circunstancia.


Jaime Ganz
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